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El 8 de marzo es una jornada reivindicativa

10 de marzo de 2016

Una igualdad que sea construida en igualdad

Como otras, la del 8 de marzo es una fecha marcada en los calendarios oficiales. Lo es desde que, en 1975, la Asamblea de Naciones Unidas decidió institucionalizar el Día Internacional de la Mujer. Una fecha oficial y una celebración que, despojada del contexto originario que normaliza, ha podido utilizarse para la reivindicación de –casi- cualquier cosa. Fuera de contexto, el “día de la mujer” puede ser entendido (y así lo han entendido muchos de forma interesada) como una exaltación de lo “específicamente femenino” o, incluso, como loa de un supuesto impulso conyugal o maternal que “naturalmente” acompañaría a “lo femenino”. Como si el 8 de marzo hubiera que felicitar a las mujeres… por (simplemente) serlo.


Una igualdad que sea construida en igualdad
Foto: Daniel Lobo (CC)  

Quisiera empezar, precisamente, por denunciar el sesgo (un sesgo nada ingenuo: un sesgo culpable) que se esconde tras semejante consideración. Lo que “celebramos” el 8 de marzo no es eso. Ni celebramos el 8 de marzo porque Naciones Unidas lo haya –un buen día, felizmente- decidido.

Celebramos el 8 de marzo porque en 1910, la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas decidió aprobar por unanimidad que el día 8 de marzo sería el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Y la Conferencia fijó esa fecha para conmemorar que el 8 de marzo de 1857 un grupo de trabajadoras del textil, en New York, decidió tomar las calles para protestar por las míseras condiciones laborales en las que trabajaban. Ese fue el origen, además, dos años más tarde, del primer sindicato de mujeres del textil. No se trataba sólo de establecer una reivindicación laboral: en 1911 tuvo lugar la primera celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora con mítines en los que se exigía el derecho al voto, el acceso de las mujeres a los cargos públicos, el derecho a la formación profesional y, también, el fin de la discriminación laboral. Una celebración, pues, decidida por las organizaciones de mujeres. Una celebración para reivindicar la igualdad que las convenciones y las normas sociales excluyen. Una reivindicación de la igualdad real de las mujeres en una sociedad que funciona –también y de forma constitutiva- sobre la exclusión de género, sobre la reducción de la mujer a, precisamente, encarnación de una femineidad mítica que cristaliza de un modo muy material en las diversas formaciones sociales del patriarcado.

Sigamos hablando del Día Internacional de la Mujer Trabajadora: para no perder ni el contexto ni la perspectiva

Una celebración que, además, frente a lo que sugiere la institucionalización de la fecha, tiene poco de momento lúdico-festivo: el mismo año en que se celebraba por primera vez el 8 de marzo y también en New York, un incendio en la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist provocó la muerte de más de 146 personas (123 mujeres y 23 hombres, en su mayoría jóvenes inmigrantes de entre 14 y 23 años): el 25 de marzo. Porque la lucha de las mujeres por la igualdad real no ha dejado de enfrentarse, desde entonces, a injusticias, y no ha dejado de verse rodeada de incomprensión y muerte.

El 8 de marzo es una jornada reivindicativa: de crítica de lo que es (nunca de su normalización) y de apertura hacia otro mundo posible, de planificación de lo distinto, de construcción de alternativa.

El 8 de marzo reivindicamos la igualdad real entre hombres y mujeres. Ni celebramos la femineidad ni cantamos el “ser-mujer” (sin más determinación). Por eso, en mi opinión, no es baladí que, más allá de la consideración oficial, sigamos hablando del Día Internacional de la Mujer Trabajadora: para no perder ni el contexto ni la perspectiva.

Pero señalar esa “determinación” de la especificidad de la fecha contra el sesgo identitario no puede ser excusa para introducir otro sesgo, tan identitario como ese, que acecha la celebración del 8 de marzo. Porque hay todavía (todavía, ciertamente) una manera de entender qué significa eso de “mujer trabajadora” que comporta efectos tan perversos como los del borrado del contexto: esa forma de entender las cosas que critica el feminismo presentándolo unas veces como exageración y otras como mecanismo de borrado de las diferencias sociales.

Vivimos una forma de organización social que descansa en la invisibilización de un montón de tareas sin las que es literalmente imposible la vida social: las tareas de cuidado y de generación y reproducción de las condiciones mismas de la vida. Todas esas tareas, de manera incomprensible, han sido consideradas tradicionalmente menores, pertenecientes al ámbito de “lo privado” y, por eso, despreciables a efectos colectivos. Esas tareas, además, se han atribuido a las mujeres como si fueran lo acorde con “su naturaleza” (como si construyeran las características propias de “la femineidad”) y, por ellas, se las ha relegado a esa “función menor” y subsidiaria. Lo que llamamos patriarcado incluye como una de sus notas características la consideración de ese espacio excluido de la vida social como propio (y “el propio”) de las mujeres, de esa función como propia (y “la propia”) de las mujeres, afirmando esa supuesta verdad como una verdad “de naturaleza”. La exclusión de las mujeres de la vida social y la consideración de las actividades de cuidado como secundarias está en el origen de unas formas de relación social que sitúan a las mujeres en un papel secundario y subordinado a los hombres, que las relega a una posición dominada y que articula una sociedad de la discriminación y de la exclusión. Esa exclusión real de la mitad de la población, de las mujeres, es condición de funcionamiento de todas las formas sociales que han existido. Y se trata de una exclusión que no se ha producido sin resistencias: la historia (y no sólo la historia reciente) está llena de momentos en que la crítica y la resistencia –individual o colectiva- a la discriminación están en primer plano.

Precisamente por eso una de las principales batallas de la igualdad consiste en visibilizar y valorizar esa actividad excluida al terreno de lo privado. Los trabajos de cuidado son también trabajos y, además, trabajos no pagados. La reivindicación de la dignidad de “la mujer trabajadora”, por eso, tiene poco que ve con una reivindicación de tipo “laboral” o “laborista” y tiene un calado mucho más profundo que una mirada que atienda exclusivamente a consideraciones “de clase”. El feminismo, así, se levanta como una opción contra todas las formas de sometimiento de las mujeres y de subordinación de sus exigencias de igualdad a consideraciones previas, sean éstas esencializadoras o “de clase”.

Ninguna forma de sociedad igualitaria es posible sin poner en primer lugar el rechazo de la discriminación de género. En primer lugar: no como un asunto accesorio. En primer lugar: como una cuestión que no es ni secundaria ni aplazable. Sin eliminar la discriminación de género es imposible una sociedad justa.

La dignidad de las mujeres, la lucha efectiva contra la discriminación y contra la exclusión de las mujeres, tiene, así, como enemigos a las diversas identidades fundantes: la de la mujer considerada como despliegue de la esencia de “lo femenino” y la de “la clase obrera” entendida como única subjetividad liberadora.

La igualdad sólo puede ser construida desde la igualdad. Sin condescendencia y sin paternalismo.

Permitidme, pues, que sea un poco inconveniente y que me niegue a felicitar el 8 de marzo a las mujeres. Permitidme que, más bien, lo aproveche para hacer un llamado a la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Una igualdad que no lo sea sólo (aunque también lo sea) en cuestiones formales: que sea sobre todo construcción efectiva de la igualdad desde la igualdad. Desde el reconocimiento del carácter constitutivo del patriarcado (atravesando incluso las formaciones de clase y sobredeterminando su materialidad propia) y desde la afirmación de la urgencia de su crítica (material y teórica). Porque un mundo nuevo será feminista o no será (no será nuevo, al menos).

Juan Pedro García del Campo  

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