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24 de noviembre de 2016

Reconstrucción de una izquierda integral frente a la anulación de la política (I)

“Todas la tradiciones están gastadas, todas las creencias anuladas, en cambio el nuevo programa no aparece, no está en la conciencia del pueblo, de ahí lo que yo llamo ’la disolución’. Es el momento más atroz en la existencia de las sociedades”. Pierre-Joseph Proudhon


Reconstrucción de una izquierda integral frente a la anulación de la política (I)

La representación es la forma de organizar la política en la sociedad capitalista. La representación política se basa en una ilusión, el ciudadano o ciudadana como ser libre e igual al resto (“ilusión” que invierte la realidad, en la que priman los individuos sometidos al despotismo de las relaciones de trabajo -en la fábrica, la empresa, la oficina, el “hogar”, el Banco…-, donde la democracia es pura quimera).

Si la población es una suma de ciudadanos/as que delegan su soberanía al hacerse representar por otros (al conceder que otros representarán sus intereses), las elecciones son la forma primordial de relacionarse la sociedad con el Estado. Miden el grado de subordinación de la masa de individuos-ciudadanos/as. También el posible grado de desafección. Así, los sistemas políticos “reflexivos” del tardocapitalismo, que “consultan” a la población, reciben de ella una información muy útil para modificar (dentro de los límites que marca la relación de clase) estrategias de dominación y control social.

Pero precisamente para las clases subalternas es imprescindible trascender el campo institucional, de la política pequeña o pasiva. La política institucional es donde está el poder formal del capital y hacia donde se encauza la pretendida “representación” social; hace las veces de un comportamiento estanco que aísla de la Política con mayúsculas (donde cobra vida realmente la materialidad del Poder del capital), y que se lleva a cabo en todo el metabolismo social propio del modo de producción capitalista, a través de procesos mediante los que se construye, decide y regula la producción, la distribución, el consumo y, en conjunto, el devenir social, las oportunidades de vida y las posibilidades de participación y protagonismo de unos u otros seres humanos o sectores sociales.

Por eso, el principal objetivo del Capital (en mayúscula, como capitalista colectivo) en cuanto a la tan manida “gobernanza”, consiste en reducir la Política a mera gestión administrativa o “ingeniería social”, y puede decirse que el neoliberalismo-financiarizado ha hecho grandes logros al respecto, llevando a sus cumbres más altas la utopía smithiana, de sustituir la Política y el contrato social por el Mercado (una sociedad auto-representada a través del Mercado). Por eso resulta tan apreciable para el orden capitalista que las “multitudes” identifiquen la Política material con la política institucional, descartando a menudo aquélla junto con ésta o haciendo de esta última en todo caso su único objetivo. Esto hace que casi siempre “deleguen” la actividad política a profesionales, desinteresándose de las vertientes activas o participativas de la misma. La clase dominante promueve elevadas dosis de apatía e ignorancia políticas, así como de falta de compromiso con los asuntos colectivos de cada comunidad o sociedad. Lo que a la postre desemboca también en la dilución del vínculo social.

Sin fuerza social no hay posibilidades fehacientes de transformación social


Cuando los movimientos y organizaciones sociales y políticos priorizan el campo de la política pasiva, pequeña, el de la delegación y el de la representación, no sólo están reproduciendo también la falta de participación y compromiso políticos de la sociedad, sino que están moviéndose en el pantanoso terreno del enemigo de clase, cuyas instituciones responden primeramente (aunque no exclusivamente) a su Poder.
Por eso, a ese pantanoso campo de batalla sólo se puede acudir cuando has levantado una fuerza social lo suficientemente importante como para tener un verdadero respaldo, como para que la presencia institucional sea sólo la expresión fideocomisaria de una parte significativa de la población hecha pueblo, hecha sujeto(s) colectivo(s).

En todo caso, la micro-política puede ser válida también cuando se interviene en ella para generar las condiciones y la extensión de conciencia que ayude a levantar esa fuerza social y a construir sujeto o sujetos colectivos. Pero para eso la labor institucional sólo puede ser un apoyo y a la vez una traducción del trabajo prioritario hecho en la sociedad, en la arena de la Política en grande. Ha de estar subordinada a ésta y no al revés. La socialización de la política pequeña se refuerza así mutuamente con la politización de la vida social.

A la postre, la cuestión crucial de la delegación-representación consiste bien en mantener una relación vertical con la población convertida en masa o multitud, que es dirigida desde lo institucional y delega en terceros las posibilidades de cambio, o bien ser parte de un pueblo multiplicado en numerosos sujetos colectivos, con los que se mantiene una relación horizontal, de fideocomisariado permanentemente sometido a revisión o revocación.

Porque los procesos populares son construidos desde los propios sujetos de emancipación y por tanto co-implicados con una mayor autonomía de los mismos. Aquí radica su diferencia fundamental con los procesos populistas que, más allá de sus distintas vertientes y objetivos, son heterónomos, implican una construcción externa, vertical a las personas. Es decir, no las empodera [1]. Y sin fuerza social no hay posibilidades fehacientes de transformación social. La priorización de la vía electoral delegativa termina por tanto abocando a esa impotencia.

Para colmo hoy el espacio institucional, de la micro-política, está prácticamente cerrado como vía de cambio. Y está cerrado por dos cuestiones coyunturales de fondo, que se vienen a sumar a las inherentes a la propia dinámica de la democracia liberal (en donde todo está dispuesto para que unas minorías automáticas pasen a considerarse “mayorías sociales” y permitan gobernar a la clase dominante, bien sea directamente bien a través de sus delegados o representantes políticos, bien por una combinación de ambos –que se presentan en paquetes o listas cerradas, con pesos circunscripcionales desproporcionados, y con apoyos financieros, mediáticos y del Estado más desproporcionados todavía-).

Las razones de peso de la actual coyuntura que cierran la política pequeña son sobre todo dos:

  • El capitalismo degenerativo en el que estamos ha constitucionalizado, es decir, ha blindado, las miríadas de dispositivos capilares (socioeconómico-políticos neoliberales) en que basa y regenera su Poder por todo el metabolismo social.
[Como que ya no tiene vitalidad para legitimarse no tiene tampoco opción de dejar abierto el ámbito de la decisión ni el juego de apoyos y refrendos (de hecho, cuando convoca referendos cada vez tiende más a perderlos). Recordemos que el Capital sólo dejó que las clases populares votaran cuando empezó a admitir la vía reformista-redistributiva; hoy, y como quiera que retroceder en conquistas siempre encuentra más oposición, lo que busca de momento es que el voto no sirva para nada. (Para ello también desarrolla un segundo proceso de cierre que se indica a continuación)].
  • Aquel blindaje va de la mano de un sistemático debilitamiento de las capacidades de regulación social expresadas a través del Estado. Esto quiere decir que los mecanismos de explotación y mando del capital se transnacionalizan (y a veces se insertan en el Estado-región, cuyo ejemplo más avanzado es la UE), mientras que las posibilidades operativas de las diferentes fuerzas de trabajo se mantienen ligadas al nivel local. De esta manera se logra trascender el marco de relativa democratización del Estado (propio del “capitalismo keynesiano”) al que habían conducido las luchas sociales históricas, para hacer la política desde instituciones supra-estatales donde aquellas luchas no llegan por ahora. La transnacionalización del capital debilita además la capacidad negociadora de la fuerza de trabajo en todos los ámbitos (laboral, social y político).

Por eso el actual capitalismo degenerativo no necesita abolir formalmente la democracia liberal, porque la ha vaciado de contenido. Ha conseguido la práctica anulación de la política [2].
Si además de ello nos tomamos en serio lo que significa el término “decrépito” o “degenerativo” que califica el capitalismo actual (a falta de un cada vez más improbable ciclo largo expansivo de acumulación y/o de un pronto milagro energético), debemos hacernos a la idea de que vivimos no solamente un cambio de fase, sino que probablemente estemos en el umbral de un gran colapso sistémico e incluso civilizacional.

Los síntomas de esa degeneración ya se han hecho notar: un crecimiento que empieza una elíptica descendente, tasas de ganancia que decaen y son incapaces de recuperar la dinámica anterior, acusada falta de inversiones productivas... Con ello la riqueza social se contrae y con ella también las posibilidades de redistribución o reparto. En total, la viabilidad de la reforma social se desbarata.

Un sistema en degeneración deja de desarrollar fuerzas productivas (y sí en cambio multiplica las destructivas –por eso la Guerra se hace elemento de control social prioritario-); deja de ofrecer posibilidades de vida satisfactorias a las poblaciones y deja de albergar la posibilidad de reformarse.

Esto quiere decir que ya no nos valen las reglas del capitalismo “democrático” (de su etapa madura de crecimiento).

Andrés Piqueras  

Notas

[1Y si las personas no confluyen en sujetos colectivos activos, no entrañan fuerza socialLa micro-política tiene además el riesgo, como nos recordaban hace poco Modonesi y Svampa sobre los procesos progresistas (“rosa”) latinoamericanos (http://www.alainet.org/es/articulo/179428, recomendable a pesar de sus excesos acusadores), de convertir la irrupción plebeya en una deriva populista. La primera es la forma en la que se suelen manifestar l@s excluid@s colectivamente para expresar sus demandas, lo que puede ser denominado como “la política de la calle”. En cambio el populismo, a menudo acompañado del cesarismo, se convirtieron en dispositivos desarticuladores de los movimientos desde arriba. Absorbiendo a sus principales líderes y clientilizando a los movimientos y organizaciones populares.

[2Así se cierra el círculo de apoliticidad en el capitalismo: primero se identifica Política en grande con política institucional y después se cierra la posibilidad operativa de cualquier política institucional. La consecuencia es clara: una ciudadanía analfabeta políticamente es una ciudadanía que no se interesa por la política, que no le importa ser llevada por otros hacia los intereses de esos otros. La propuesta para evitarlo también cae de su peso: frente a la anulación de la política pasiva, sólo queda reemprender la Política activa, la que se empotra en la Vida.

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