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28 de diciembre de 2014

Marxismo y cooperativismo

El cooperativismo nació en el mismo medio social, en la misma época, de la misma miseria proletaria y de la misma opresión, bajo el impulso del mismo espíritu que el sindicalismo y el socialismo. Expresa las mismas profundas aspiraciones y la misma concepción de la vida. Pero lo que distingue el cooperativismo de las demás formas de acción es su medio de acción, que se basa en la creación de empresas para sustituir la figura del empresario, y así escapar a la explotación de las empresas privadas con las que tenían relación como trabajadores, clientes o proveedores.


Marxismo y cooperativismo
Wikipedia (cc)  

¿Qué es el cooperativismo?

Hablamos del movimiento cooperativo. El valor de estas grandes experiencias sociales no puede ser subestimado.


La empresa cooperativa fue inventada por obreros y no por intelectuales. Los obreros imprimieron a estas empresas autogestionadas una moral que es, de consumo, altivez por liberarse con el esfuerzo propio y solidaridad mutua: uno para todos y todos para uno. [1]

A estas primeras cooperativas, que surgieron espontáneamente a finales del siglo XVIII y principios del XIX en Escocia e Inglaterra, le sucedieron luego otras ya claramente influenciadas por el pensamiento socialista, de mayores ambiciones y también con mayor éxito. [2] Así, en la década de 1830 y de 1840 empiezan a surgir cooperativas de consumo, de producción y de crédito, que luego se extienden a la promoción de viviendas, a la compra de utillaje agrícola y a otros fines bien diversos.

Las reglas fundamentales del cooperativismo han sido las siguientes:

  • Adhesión libre, e igualmente la dimisión siempre es posible. La adhesión sólo es obligatoria, de hecho o de derecho, en caso de que la cooperativa administre un servicio público o un monopolio.
  • Poder democrático: cada cooperativista tiene un solo voto, incluso si posee varias acciones. El consejo de administración, elegido por la asamblea general y responsable ante ella, es el órgano ejecutivo; pero las funciones de los administradores son muchas veces gratuitas, ya que estos actúan más por convicción y por adhesión que por interés económico.
  • La ganancia: regla de la bonificación anual de los beneficios. Cuando hay beneficios –resultado que no es preceptivo- estos pertenecen a los socios y están afectados, por decisión de la asamblea general y en proporciones variables, a los tres usos siguientes: a) inversiones en la empresa, b) obras sociales, y c) repartidos entre los cooperativistas anualmente y en proporción a su actividad en la cooperativa.
  • El capital y el riesgo económico. El capital social es suscrito en forma de acciones por los cooperativistas, que pueden adquirir una o varias de ellas, aunque no tienen que comprar una acción ya existente pues se crea una nueva para cada adherido. Estas acciones no dan derecho a un beneficio de la empresa, sino únicamente a un interés fijo que la ley decreta; además, éste sólo se reparte si hay beneficios. Las reservas acumuladas, cuando se disuelve la cooperativa, se reparten por ley a obras de interés general. [3] Siguiendo a José L. Monzón, podemos decir que son tres las notas distintivas del movimiento cooperativo: a) aparece históricamente durante la Revolución industrial y la implantación del capitalismo; b) si bien en una primera etapa el grupo social que lo impulsaba era la clase obrera, muy pronto la cooperativa será un instrumento utilizado por otros grupos sociales, capas medias urbanas y agricultores, también golpeados por el nuevo orden económico; c) en esencia, la cooperativa ha sido un instrumento utilizado por los grupos sociales menos favorecidos por el capitalismo. [4]

En el origen del cooperativismo aparecen distintas motivaciones. Encontramos, en primer lugar, empresas ‘paternalistas’, en donde la propiedad se transfiere de un propietario privado a los trabajadores por motivos filantrópicos o idealistas. En segundo lugar, empresas ‘defensivas’, donde la propiedad de los trabajadores se utiliza como una estrategia para salvar los puestos de trabajo cuando una factoría se enfrenta con el cierre. Y, finalmente, empresas ‘ofensivas’, las creadas desde la base. [5]

Marx dedicó importantes comentarios acerca del cooperativismo, en especial a las cooperativas de producción. Lo reconoció como «una de las fuerzas transformadoras de la sociedad actual», pero señalando al mismo tiempo que el movimiento cooperativo, por sí sólo, es impotente para transformar la sociedad capitalista.

En efecto, dice Marx sobre el valor intrínseco del cooperativismo:

«Nosotros reconocemos el movimiento cooperativo como una de las fuerzas transformadoras de la sociedad actual, fundada sobre el antagonismo de las clases. Su gran mérito consiste en mostrar en la práctica que el sistema actual de subordinación del trabajo al capital, despótico y pauperizante, puede ser suplantado por el sistema republicano de la asociación de productores libres e iguales».

También lo siguiente:

«Hablamos del movimiento cooperativo y, especialmente, de las fábricas cooperativas creadas por los esfuerzos espontáneos de unos pocos trabajadores intrépidos. El valor de estas grandes experiencias sociales no puede ser subestimado. No es con argumentos, sino con hechos, cómo los trabajadores han demostrado que la producción en gran escala, de acuerdo con las exigencias de la ciencia moderna, es posible sin la existencia de la clase patronal empleando a trabajadores; que los medios de trabajo, para dar su fruto, no necesitaban ser monopolizados ni ser convertidos en medios de dominación y de explotación contra el trabajador; y que el trabajo asalariado, como el de los esclavos y el de los siervos, no es más que una forma transitoria e inferior que está destinada a desaparecer ante el trabajo asociado».

Y finalmente:

«Si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de sustituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, más que comunismo, comunismo ‘realizable’?».

Pero, por otro lado:

«...el movimiento cooperativo limitado a las formas minúsculas nacidas de los esfuerzos individuales de los esclavos asalariados es impotente para transformar por sí mismo la sociedad capitalista. Para convertir la producción social en un amplio y armonioso sistema de trabajo cooperativo son indispensables cambios generales. Estos cambios nunca se realizarán sin el empleo de las fuerzas organizadas de la sociedad. Por consiguiente, el poder gubernamental arrancado de las manos de los capitalistas y de los hacendados, debe ser tomado por las mismas clases obreras».

Es una constante en la reflexión marxiana el planteamiento de una síntesis entre plan y autonomía de las unidades productivas.

Y esta conclusión no es fruto de la especulación, pues:

«...la experiencia del período comprendido entre 1848-1864 ha demostrado, sin ningún género de dudas (lo que ya ha sido expresado por los más inteligentes dirigentes de la clase obrera en los años 1851 y 1852, respecto al movimiento cooperativo en Inglaterra), que, por excelente que sea en la práctica, el trabajo cooperativo, encerrado en el estrecho círculo de los esfuerzos parciales de obreros dispersos, no es capaz de contrarrestar el progreso geométrico del monopolio, no es capaz de emancipar a las masas, ni siquiera es capaz de aliviar sensiblemente la carga de su miseria... para salvar a las masas obreras, el trabajo cooperativo debe ser desarrollado a dimensiones nacionales y consecuentemente sostenido por medios nacionales». [6]

No han faltado autores contemporáneos que han interpretado estas afirmaciones de Marx como un aval a cierto tipo de socialismo basado en la autonomía de empresas cooperativas, como el que se puso en marcha en la antigua Yugoslavia. Pero como certeramente ha expuesto de nuevo José L. Monzón, tal interpretación pasa por alto las siguientes consideraciones:

  • Es una constante en la reflexión marxiana el planteamiento de una síntesis entre plan y autonomía de las unidades productivas.
  • Es obligado reconocer en Marx el papel que juega la teoría del valor y de la explotación y, en este sentido, la división del trabajo en el intercambio (por medio del mercado) que conduce, en el análisis marxiano, al desarrollo de relaciones de carácter explotador [7] (muy alejadas del ‘justo precio’ al que se referían los primeros cooperativistas).

Resulta interesante comprobar cómo llegó a admitir Lenin, en el periodo de la Nueva Política Económica de la URSS, basada en concesiones a la iniciativa privada y al mercado, que la tarea de incentivar el cooperativismo se había convertido en un asunto fundamental para hacer progresar el socialismo. Y lo hizo sobre la base de dos premisas: 1) que ya se había conseguido lo que el cooperativismo, por sí solo, no podía lograr, es decir el control obrero del Estado y la propiedad estatal de los medios de producción básicos; 2) que desde el punto de vista de la transición al socialismo, el cooperativismo era el camino más «sencillo, fácil y accesible para el campesinado». [8] Frente al doctrinarismo de los ‘izquierdistas’ de turno, vemos aquí todo un ejemplo de realismo y pragmatismo político.

Cooperativismo y burocracia

Según los investigadores J. Rothschild y J. A. Whitt, las cooperativas de producción son radicales en el aspecto organizativo, pues luchan por resistir a las prácticas jerárquicas y burocráticas que todos nosotros consideramos inevitables y por sustituirlas por prácticas democráticas participativas. [9] Ello se puede comprobar en los siguientes aspectos:

  • Autoridad. Todos los socios tienen derecho a una participación plena e igual; en vez de complicados y formales sistemas de votación y de mayorías, funciona un ‘proceso de consenso’ en el que todos los miembros participan en la formulación colectiva de los problemas y en la negociación de las decisiones; sólo las decisiones que parecen contar con el consenso del grupo, se consideran vinculantes y legítimas. Lógicamente, a los individuos pueden atribuírsele zonas bien delimitadas de autoridad, pero esta autoridad es delegada, viene definida por la colectividad y está sujeta a revocación por parte de ésta, la búsqueda de un objetivo común, elemento inseparable del proceso de consenso, es la base para la coordinación y el control colectivos. El igualitarismo también tiene su reflejo sobre las remuneraciones de los partícipes: 1) las diferencias de ingresos son mínimas, cuando estas existen, y 2) en ocasiones se aplica el viejo precepto de ‘a cada uno según sus necesidades’.
  • División del trabajo. Los diferentes trabajos se mantienen tan generales y holísticos como sea posible; se busca la mínima especialización y la superación de la división del trabajo manual e intelectual mediante los siguientes tres medios: la rotación de trabajos, la coparticipación en las tareas y la difusión o ‘desmitificación’ del conocimiento especializado. Sin embargo la minimización de las diferencias es difícil y exige mucho tiempo.
  • Reglas. Tratan de utilizar el menor número posible de reglas, y las decisiones se toman, en general, según van presentándose y se adaptan a las peculiaridades de cada caso individual. No obstante existen algunas reglas, si bien es cierto que al estar éstas siempre sujetas a una negociación de grupo y a cambios, no pueden grabarse en piedra o ritualizarse, y tampoco se imponen desde arriba.

Para estos investigadores, las innovaciones organizativas más importantes que se han producido en las cooperativas se refieren al dominio de la autoridad y la división del trabajo, aunque también se han producido innovaciones de menor calado no sólo en lo que se refiere a las reglas, sino también en las formas de control social, en las relaciones sociales, en el reclutamiento y acceso, en la estructura de incentivos y en la estratificación social. [10] Vale la pena leer este libro para darse cuenta de qué manera tan sorprendente el trabajo cooperativo ha sido capaz de alterar las relaciones sociales de producción.

Carlos Javier Bugallo Salomón  

Notas

[1Georges Laserre: El cooperativismo, Barcelona, ed. Oikos-Tau, 1972, pp. 11-4.

[2José L. Monzón Campos: Las cooperativas de trabajo asociado en la literatura económica y en los hechos, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1989, pp. 25 y s.

[3Georges Laserre: op. cit., pp. 15-24.

[4José L. Monzón Campos: op. cit., pp. 23 y s.

[5Joyce Rothschild y J. Allen Whitt: El lugar de trabajo cooperativo, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1991, pp. 246 y s.

[6Cit. en José L. Monzón Campos: op. cit., pp. 90, 141-8.

[7José L. Monzón Campos: op. cit., pp. 148 y s.

[8Vladimir. I. Lenin: “Sobre la cooperación”, en Obras escogidas, Moscú, ed. Progreso, 1980, pp. 719-725.

[9Joyce Rothschild y J. Allen Whitt: op. cit., p. 28.

[10Joyce Rothschild y J. Allen Whitt: op. cit., pp. 79-97.

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