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El Blog del Noble Gallo Beneventano

6 de agosto de 2017
Javier Cortines 

Lo efímero y el fútbol

"El hombre siente todo el poder corrosivo del tiempo, que le disuelve una instantánea tras otra; a la vez que su poder creativo le renueva continuamente las vistas”.
Eugenio Trías


Lo efímero y el fútbol

Hoy todo es efímero: las opiniones, el sueldo, el pelo, la delgadez, el buen humor, las modas, las promesas, las verdades eternas. Lo único que parece sobrevivir a la devastadora crisis de valores de “nuestra civilización, es el fútbol ¿Es el balón una alegoría de la maltratada madre tierra que está siendo constantemente pateada por el bípedo implume?

Las pasiones que despierta el fútbol merecen un estudio en profundidad. Es como si la tragedia griega se hubiera masificado y descendido a los estadios: Los héroes han sido sustituidos por los jugadores y el coro, por el público, que se estremece cuando ve como sufren o se alegran sus ídolos, que no hacen otra cosa que cumplir los designios de los dioses.

Cuando un equipo cae, por ejemplo, por una goleada de 5-0 y tres tarjetas rojas, se produce una brutal descarga de tensiones, una catarsis colectiva. Una parte del coro (la que representa a los vencedores) grita hasta que le estalla el corazón, enloquece, olvida sus penas, ama al prójimo, cree en Dios. La otra parte del coro, (la de los perdedores), destroza todo lo que tiene a mano, desata su rabia, se rasga las vestiduras, maldice a sus astros (que no han sabido luchar hasta la muerte) y, por ende, destilan toda su amargura, realizándose la catarsis del derrotado. Ambos coros acaban vacíos y agotados. Listos para la siguiente ronda.

Qué significa en realidad el campo de fútbol, ese lugar donde se enfrentan dos ejércitos, dos formas de interpretar el mundo (atacando, defendiendo, retrocediendo, haciendo trampas, apostando, noqueando al adversario). ¿Es un regreso a la horda primitiva que luchaba por defender su territorio de otras tribus que querían arrebatarles sus sandías a la orilla del río?

¿O es, acaso, la forma más civilizada de echar fuera toda la mala leche que acumula el mono enjaulado? El hombre y la mujer, tras sufrir horas interminables en sus puestos de trabajo (la mayoría malos y mal pagados; los buenos son para La Burocracia Celeste [1] , los triunfadores, los nacidos en buena cuna etc.,) necesitan desahogarse en “el campo de fútbol” o “agarrarse a la botella”, tras romper los barrotes y quitarse la máscara, aunque sea durante unas horas, para respirar oxígeno a pleno pulmón.

El fútbol nos ofrece una experiencia mística que sólo encontramos en las grandes catedrales, y Dios, hecho balón, nos produce la mayor alegría del mundo: ¡El Goool! ¡Ay! ¡Qué extraordinario milagro se produce cuando un balón emprende un vuelo espacial que congela el tiempo, y, luego… tras levitar un instante que nos petrifica, destroza las redes, y sentimos como si una estrella fugaz nos horadara felizmente el corazón!

¿Es un regreso a la horda primitiva que luchaba por defender su territorio de otras tribus que querían arrebatarles sus sandías a la orilla del río?


Cuando eso ocurre, el coro salta, como los antiguos primates, como los políticos que ganan elecciones. Las gradas arden. Los Hunos arrojan botellas de plástico (sustitutas del lanzamiento del hueso, la piedra o la lanza), los Otros elogian o maldicen a sus héroes. Se celebran las victorias en plazas dedicados a diosas y dioses. Los vencidos odian al vencedor, se convierten en animales, son capaces de matar.

Los que participan en esas guerras cargan sus pilas con la energía que despide el acelerador de partículas de la insatisfacción laboral, la matrimonial, de los malos tratos y desprecios de los jefes, entre otros agujeros negros. Muchos se sienten como gusanos angustiados en el trabajo y en casa (sobre todo si su mujer les supera en todo) y, cuando encuentran asilo humanitario en las gradas, se convierten en dragones que escupen fuego y son capaces de emular a Atila. (Del que se decía que por donde pasaba su caballo no volvía a crecer la hierba).

¡Qué distintos son los partidos de tenis! Ahí la gente se besa, las parejas se arrullan como tortolitos, si suena el móvil es para dar buenas noticias p. ej. “acabas de ganar veinte millones, tus acciones subieron el…”. Allí nadie trabaja en las galeras, allí, a nadie el jefe le pisa la cabeza. Ellos creen en Dios de diferente forma que los forofos del fútbol, pues Dios vive en ellos y con ellos. Muchos nacieron guapos y, aunque no lo sean, lo parecen. El dinero es un traje afrodisíaco. En las canchas de tenis hay poca violencia. Y, si hay estrés, para eso están los masajes con final feliz.

En Europa (la de grandes ojos) la plutocracia y la economía especulativa se mantienen gracias al poder hipnotizador del fútbol, de la religión (que sigue siendo el opio del pueblo) y de los mensajes “fobera” (para meter miedo y paralizar) que lanzan las élites desde la Torre Infiel.

Y vuelva a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decir ¡Viva el fútbol! pero también ¡Viva la Revolución!

Javier Cortines   Nilo Homérico

Notas

[1En China se utilizada la expresión de “La Burocracia Celeste”, que tanta gracia hace a mi colega Miguel A. Aguilar, para referirse a los altos funcionarios y a los eunucos de palacio.

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